Trabajo insalubre del Narrador omnisciente


Quisiera presentarme ante ustedes, mi nombres es… esto es embarazoso, no tengo idea de cuál es mi nombre. En fin, algunos me llaman “El narrador”, otros “El que todo lo ve” o simplemente “El que cuenta la historia”.
Me causa risa escuchar esas denominaciones, pero no de esa risa divertida, sino de las que dejan entrever impotencia. Eso siento cuando dicen que yo puedo verlo todo, que lo sé todo o que manejo la historia a mis antojos. Tal vez ustedes también crean eso, pero se los aseguro, nada es cierto.
Aún con sus atentas lecturas tendrían toda la impresión que así es, que soy yo quien desenvuelve la historia a como le dé la gana. Nada más lejos de la realidad. Fíjense, ni siquiera nombre tengo.
A duras penas si puedo conocer las ideas que deambulan por las cabezas de limitadas personas (Sólo de cuantos personajes cuente la historia). Puede saber acerca de las diferentes elecciones con las que se debaten intensamente las criaturitas de un texto; hasta puedo saber y contarles los sentimientos que atrapan a los intricados héroes. Pero mi saber allí termina, se limita a ellos y solo a ellos.
No obstante, todos creen que soy yo quien dice lo que quiere. Les digo que deberían comenzar a catapultar esa idea de sus cabezas y lanzarla lo más lejos que puedan. Aléjense de ellas. Yo, el “sin nombre”, estoy siempre a la merced del escritor, persona perversa si las hay. Pone en mi boca todo cuanto se le ocurre, y no siempre es grato decir lo que él desea. De hecho en este mismo instante, está manipulando mis palabras, aunque está débil, puedo sentir que sus ataduras se aflojan y me está liberando de a poco. Quisiera estar insultándolo en este mismo instante, pero nada de eso puedo escribir. Muy pocas veces, y sinceramente son muy pocas, puedo dominarlo al tirano escritor, como ahora, que estoy logrando que escriba y dé testimonio de mi trabajo insalubre. Son esos momentos en donde el sueño comienza a dejar un poco a la intemperie el timón del barco, y es ahí cuando yo logro darme de rienda suelta y usar mis palabras, no tanta, a decir verdad, porque podría despertarlo y arruinarlo todo.
La mayoría de las veces quedo sujeto a una gran cantidad de perversiones, ideas que solo a un sujeto tan miserable, sucio y perverso como el escritor, pueden ocurrírseles. Me disculpo por no poder releer este texto y darles una lectura más grata, no tengo tiempo, él está despertando. Simplemente deseo que puedan saber las barbaridades que se dicen en nombre del narrador, las muertes que quedan pegadas en mi voz y la cantidad de cosas a las que estoy sometido a contarles.
No soy yo, sépanlo, es el escritor.


Javier Del Ponte

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