jueves, 30 de octubre de 2014

Bitácora de un viaje polarizado (viaje a la Feria de Córdoba 2014)


Allá por las 5.30AM del día miércoles 3 de septiembre, luego de una noche sin dormir a causa de la ansiedad que me bordeaba, salí debajo de las sábanas para un aseo completo y un desayuno previo antes del viaje.
El reloj me apremiaba y su minutero tenía semblante de segundero por lo que descarté la idea de esperar un colectivo de línea que me llevara a la terminal en favor de la opción de un taxi.
Durante el pequeño viaje de mi residencia hasta la terminal pude ver como poco a poco y minuto a minuto la ciudad comenzaba a despertarse.
La hora indicada en el pasaje coincidía con la del reloj y con la llegada de un micro con destino a Córdoba. Definitivamente era mi colectivo. Ansioso tomé el bolso y me acerqué al pequeño tumulto que se había congregado en las postrimerías de la puerta de ingreso, algo me sonaba extraño y agudicé el oído. Estaba en lo cierto, algo no andaba bien y era el propio colectivo. El chofer había informado que debido a problemas mecánicos el micro no saldría y debíamos cambiar el boleto al próximo viaje. En ese momento y de manera espontánea se generó una carrera un tanto bizarra y desigual en la cual competía con coquetas señoras que pisaban los setenta años, madres con niños y algunas jóvenes mujeres que tenían todas las chances de llegar primeras a la boletería pues eran las únicas que carecían de “peso”. Por mi parte, mis chances decrecían llevando a cuesta un bolso sin el apoyo de las rueditas y con el peso de 40 libros más ropa. Efectivamente, finalicé la carrera lejos del podio y con una gran humedad elevándose por los poros de mi piel. Aun así el objetivo estaba logrado, conseguí cambiar mi pasaje para el próximo viaje que salía una hora más tarde.
Cuando me encontraba en mi asiento, con todo en orden y el colectivo se disponía a partir, sentí la sensación de que todo estaba “sobre ruedas” nuevamente. Me equivocaba.
Habían transcurrido aproximadamente una hora cuando el colectivo se detiene y al transcurrir más minutos que lo estipulado en el ascenso y descenso de pasajeros, las voces interrogadoras de las señoras setentonas se hicieron audibles y consiguieron una respuesta, nos habíamos quedado sin nafta y aguardábamos la llegada del auxilio que nos aprovisionara de una cantidad de combustible suficiente que así nos permitiera llegar a un surtidor. Unos 40 minutos de demora se sumaron con este incidente.
Al fin había llegado a la ciudad capitalina de Córdoba y en lo único que pensaba en ese momento era en evitar la mala suerte más que en la presentación literaria que debía exponer.
Cansado y a la expectativa de que todo mejorara me subí al primer taxi que vi y le indiqué al amable señor la dirección del Hostel en donde había reservado mi habitación.
Al ingresar a la zona la inquietud fue en aumento al ver que no era de esos barrios decorosos de la ciudad, más por el contrario, dejaba mucho que desear en cuanto a estética y seguridad.
Una vez frente a la entrada de lo que iba a ser mi residencia transitoria (que comulgaba muy bien con las características del barrio en el que estaba inserto) toqué timbre deseando fuertemente que las cosas no empeoraran, pero la contingencia del vivir me propondría mayores obstáculos.
Un hombre cuya piel era difícil distinguir por la cobertura casi total de tinta sobre su cuerpo y con los cabellos violetas respondió a mi llamado desde las alturas.
-¿Si? –preguntó el colorido señor.
-Tengo una reserva –respondí con desgano.
Desde las alturas lo vi desaparecer para luego hacerse presente abriendo la puerta y repitiendo la pregunta que había formulado desde las alturas, a lo cual, sin paciencia alguna, dije que tenía reservada la habitación privada con baño privado. Para mi sorpresa, ¿sorpresa dije? ya nada me sorprendía por aquellos momentos… me informa aquel hombre del que nunca supe su nombre, que la habitación que yo le indicaba estaba ocupada por tres días más. Imagínense mi rostro de decepción mezclado con la furia que comenzaba a emerger desde mis entrañas, con ese rostro lo miré e insistí que esa habitación era mía, que estaba reservado y le mostré los correos que comprobaban aquella afirmación. Nada resultó. El dueño, con unas nada creíbles historias se excusó y me ofreció una habitación privada sin baño. Por aquellas horas estaba solo a sesenta minutos de tener que hacerme presente en la sala 2 del cabildo histórico de Córdoba para presentar mi novela, así que decidí, forzado por la situación, a tomar la habitación.
Quisiera contarles la estética de aquel “extraño” lugar, y digo extraño para no utilizar algún otro calificativo peyorativo.
La totalidad de las paredes del “complejo residencial” estaban decoradas con grafitis en aerosol, gusto que particularmente no comparto como tampoco el adorno con tierra que cubría toda la superficie del lugar. Como era de esperarse, la habitación seguía la misma línea decorativa, algunas cucarachas pude ver paseando por allí. Los servicios de mi habitación se limitaban a una cama y un futón, que oportunamente lo utilicé durante las noches subsiguientes como traba contra la puerta a causa de la carencia de llave para mi dormitorio.
Intenté hacer caso omiso a todas aquellos ingredientes, agradecí no tener que dormir en la calle y luego de un cambiado de ropa partí hacía la tan ansiada Feria del libro situada en la plaza céntrica San Martin. Al salir del Hostel con mis cuarenta libros a cuesta decidí tomar nuevamente un taxi que me llevara hasta allí dado el peso que tenía que trasladar. Subí al primer taxi, indiqué el destino y me recosté sobre el asiento intentando relajarme. No duraría demasiado. A falta de unas cuatro cuadras del destino, el cable del embrague le dijo adiós al taxista obligándome a descender. Realmente estaba incrédulo con todo lo que me venía sucediendo e intenté poner la mejor buena cara posible ante la situación. Tomé los libros y caminé en busca de un nuevo coche que me alcanzara pero ninguno se hizo presente hasta dos cuadras antes de la feria, por lo que decidí caminar hasta mi destino, por supuesto, llegué pasado por agua, y no precisamente porque haya llovido.
Al fin había llegado el momento que me había convocado a mi estancia en la ciudad capitalina de Córdoba. La editorial ya había organizado la presentación de una manera eficiente y allí estábamos, cinco escritores de Tinta Libre Ediciones esperando por salir al ruedo y seducir al público para que se animen a leernos.
No podría decir nada negativo con respecto a ese momento porque todo fue increíble, desde el compartir previo con mis compañeros editorial hasta la post-presentación. Al finalizar la misma nos congregamos en un bar céntrico para continuar nuestras alocadas y divertidas charlas y el momento fue perfecto a pesar de que hubieran olvidado preparar mi sándwich con todos sus ingredientes, increíblemente faltó lo más apetecible: el jamón crudo.          

Al llegar al “pulcro Hostel”, que se hacía llamar “Pomelo Hostel”, me dirigí sin paradas al cuarto para esperar que el día terminara de una buena vez, y así quitarme el sabor amargo de la jornada.
Cuando mis ojos comenzaron a cerrarse, dejando atrás todas mis vivencias diurnas, los gritos de una habitación a la otra, los cánticos desafinados y el televisor en su máximo volumen me arrastraron de nuevo a la realidad de la que me quería ir. Fueron unos noventa minutos en los cuales sumé mucha ira en mi ser. Obviamente no dormí en toda la noche, porque a pesar de que había dejado el futón contra la puerta a modo de traba por la ausencia de llave de mi habitación, temí por mi integridad física.
A la mañana siguiente esperaba hambriento el desayuno que estaba incluido con la habitación según el arreglo previo que tenía con el dueño, pero como ustedes verán, aquel hombre no tiene una palabra de fiar y por ende el desayuno tuvo la misma suerte que mi “reserva”: No existía. Agregando más desgracia sobre mis maldecidos días y con el peor humor posible desayuné en un bar céntrico con la ilusión de que la cafeína y las medialunas mejoraran mi malhumorada existencia.
Durante la tarde todo tendía a mejorar, incluso barajé la idea que finalmente llevé a cabo y que era precisamente resistir una noche más en ese lugar.
Con un poco de mejor humor posibilitado por el mate, las charlas y el compañerismo en el stand volví al Hostel para llevar a cabo mi estoica actitud.
¿Quién dijo que no se podía estar peor? A tres metros de mi habitación había una sala de música equipada con grandes parlantes, guitarras, batería, bajos y demás, que comenzó a funcionar desde las doce de la noche hasta las tres de la mañana con unos decibeles altísimos. Mi tensión no podía ser mayor, y el cansancio la equiparaba en intensidad. Una noche más sin dormir a causa de un recital privado cuya duración fue de tres horas.
Aquello era, como decía mi abuela, “Cosa de mandinga”, y esta vez concordé con ella.
El polo positivo de mi viaje residió pura y exclusivamente en los encuentros, charlas y pizzas que compartí con una gran cantidad de colegas y grandes personas. Salvaron mi viaje con toda su gran onda y permitiéndome conocerlos un poco más. ¡¡ Gracias ¡!
 

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