"Un mundo de novela" Cap 4



...De manera repentina, sin mediar ningún tipo de hecho, Celia abre bien grande los ojos y mirándolo fijamente le dice con su más fría forma de ser.

-Disculpame, me tengo que ir...

-¿Eh? ¿Estás bien Celi? ¿Dije algo que te molestó? –preguntó Ariel inundado de la más grande confusión que una persona puede tener. La miraba desorientado intentando poder comprender la reacción de esa mujer que tan loco lo volvía pero nada se le ocurría.
-No me siento bien, quiero volver a mi casa –le respondió ella sin elevar la vista para mirarlo, luego se levantó de la silla y sin volver la vista hacia atrás abandonó la modesta casa dejando a aquel hombre con una confusión que no lo dejaría vivir en todo el día, o tal vez durante un tiempo más.
Los hilos que la ataban a la escritura de Weber desaparecieron siendo ella la única que pudo ver como dejaban su cuerpo y se desvanecían a medida que tomaban altura. Nuevamente volvía a ser ella.
¿Volvía a ser ella?
Aunque su ser y su conciencia estaban allí habían quedado en segundo plano cediendo su voluntad a la de weber quien escribía todo lo que ella debía hacer, decir y sentir. Cuando los filamentos dorados la abandonaron devolviéndole nuevamente el control sobre su ser se descubrió nuevamente al lado de una persona desconocida para ella y a la que para nada correspondía en sentimientos. Todo lo que Weber relataba acerca de los afectos de Celia no podía ser más contradictorio con lo que en ella desfilaba en cuanto a deseos y sentires.
Ella corría desesperadamente por la arena pasando sucesivas veces al borde del tropiezo mortal; aun así llegó entera a su casa, al menos físicamente. Lloraba de manera desconsolada cuando ingresó por la puerta, y a pesar de que intentó con vehemencia obturarse la boca para que Verónica no la escuchara todo fue inútil porque su amiga ya estaba bajando del entrepiso para estar con ella.
-¿Qué pasó reina? –preguntó Verónica mientras descendía las escaleras confundida por la entrada de su amiga.
-Otra vez sucedió Vero, ¡no lo soporto más!
-Serenate un poco y decime que es lo que te dejó así… -insistió su amiga temiendo la respuesta.
-Pasa que vos sos la profesional y solterona, yo, soy la prostituta que tiene que entregarse a cualquiera cuando ese despreciable toma el teclado y comienza a escribir. ¿Y si me suicido? –Celia caminó a pasos agigantados hasta la mesada de la cocina, abrió el cajón y mostrándole el cuchillo a su amiga le repitió la pregunta -¿Qué pasa si me suicido?, le cago la historia, ¿cierto?
La sangre comenzaba a elevar su temperatura y velocidad dentro del pecho de Verónica, notaba la desesperación de su amiga y sabía que algo tenía que decir pero sus labios balbuceaban dejando salir solo inentendibles sonidos. Por fin habló.
-Tiene que haber otra manera, sentémonos en la cama a pensar Celi…
-¡¡No quiero pensar más, necesito resolverlo yaa!! Esto no es vivir, es caminar por la cornisa de la locura día a día. No puedo soportarlo más…
Sus ojos miraban fijamente el arma punzante que tenía en las manos, la respiración era cada vez más rápida y su pecho se inflaba buscando la valentía que aún no tenía en sí. Todo se estaba volviendo gris, cada vez pensaba menos y sentía más. Sí, todavía podía recordar cada una de las envestidas que recaían sobre su cuerpo, aún podía ver la cara de Ariel demostrando lo que ella jamás sentiría por él pero que aun así estaba obligada a corresponderlo en contra de su voluntad.
El tiempo pareció detenerse, las imágenes se habían paralizado, los sonidos apagado y solo una idea transitaba por su cabeza. Liberarse de weber, liberarse de una vez por todas de aquellos hilos dorados que la envuelven quitándole lo más propiamente humano. La libertad de hablar, sentir y hacer.
Giró su mano izquierda dejándola frente a sus ojos observando un punto específico: su muñeca.
Con la precisión de un cirujano y la valentía de un gladiador Celia hizo una incisión transversal en la principal arteria que llegaba a su extremidad izquierda ante los desesperados gritos de su amiga. Celia caía al suelo cual muñeco de trapo sin sostén.
Las imágenes se apagaron en el mismo momento en que el corazón dejó de latir.
6
Fueron unos minutos en los cuales por un lado reinaba la desesperación y el llanto, y por el otro el placer de saberse libre a pesar del alto costo.

Comentarios

  1. Vaya, que bello artículo.
    No he leido el capítulo 1 y quedé enganchado, creo que tendré que leer desde el principio.

    saludos

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